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Aeropuerto Fiumicino Roma: Una Noche en Limbo y Espera
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Aeropuerto Fiumicino Roma: Una Noche en Limbo y Espera

Entre Roma y Río, paso la noche en Fiumicino atrapado en el limbo de aerolíneas. Burocracia, cansancio y el deseo de volver a casa.

Las luces fluorescentes de la Terminal 3 nunca se apagan. Es poco después de la medianoche y el aire en el aeropuerto Fiumicino de Roma está impregnado del aroma a espresso quemado y cuerpos cansados. Las ruedas de mi maleta resuenan sobre el suelo pulido mientras busco un lugar donde esperar hasta el check-in. El último tren hacia la ciudad partió hace rato. Afuera, la noche de octubre es fresca y silenciosa, pero dentro, el mundo zumba con el murmullo constante de llegadas y salidas.

Aeropuerto Fiumicino de Roma a medianoche, sala de check-in vacía

Una mujer tras el mostrador del único café abierto limpia mesas, sus movimientos lentos y mecánicos. Pido un cappuccino, la espuma densa y dulce, y me acomodo en una silla de plástico. Las horas se estiran. Mi móvil brilla con la promesa de un vuelo a Río de Janeiro a las 6 a.m., pero la app y el billete en papel no coinciden del todo. Los reviso una y otra vez, como si la repetición pudiera traer certeza.

A las tres, los mostradores de check-in cobran vida. Soy de los primeros en la fila, aferrando mi pasaporte y la reserva impresa. La agente de Iberia frunce el ceño ante la pantalla y luego me mira. “Su reserva es para el diecinueve”, dice, con acento marcado y ojos apenados. Le muestro la app, los correos, las pruebas digitales que dicen veintiuno de octubre. Niega con la cabeza. “Necesita el número de billete electrónico. Sin eso, no puedo ayudarle.”


La fila detrás de mí se impacienta. Un hombre de chaqueta azul murmura en portugués: “Siempre lo mismo con estos códigos.” Asiento, sintiendo el peso de su frustración compartida. Mi pareja ya está al teléfono con LATAM, la voz baja y urgente. La llamada se corta. Lo intentamos de nuevo. Los minutos se escurren, la frialdad brillante del aeropuerto se vuelve más dura con cada pregunta sin respuesta.

Iberia culpa a LATAM. LATAM culpa a Iberia. La reserva, al parecer, es un fantasma: lo bastante real para perseguirnos, pero no para dejarnos embarcar. “Debe llamar a la otra compañía”, dice la agente de Iberia, suavizando el tono. “Lo siento. No es culpa mía.”

Nos sentamos en el suelo frío, apoyados en las maletas, mientras los anuncios resuenan en italiano, inglés y español. El olor a desinfectante se mezcla con el sabor metálico de la ansiedad. Observo a un conserje barrer una constelación de migas, su escoba moviéndose en arcos lentos y deliberados. El mundo afuera despierta, pero aquí el tiempo está detenido.


Pasan tres horas. Cuando por fin llega el número de billete electrónico—demasiado tarde—el personal de Iberia niega con la cabeza. “El embarque está cerrado. Deben tomar el próximo vuelo a Madrid al mediodía.”

“¿Y nuestra conexión a Río?” pregunto, la voz quebrada por el cansancio.

“Eso debe verlo con LATAM.”

El ciclo comienza de nuevo. Cada aerolínea señala a la otra, un bucle burocrático sin fin. Mi único deseo, en este momento, es volver a casa. El anhelo es físico, un nudo en el pecho. Veo el amanecer a través del cristal, el cielo sobre Fiumicino tiñéndose de rosa y oro. Los viajeros pasan deprisa, sus trayectos intactos, mientras yo sigo en limbo, suspendido entre Roma y Río, entre un día y el siguiente.

Amanecer en Fiumicino, viajeros esperando

Un guardia de seguridad, al ver nuestro grupo de maletas y rostros cansados, se detiene. “¿Esperan vuelo?” pregunta, su inglés cuidadoso.

“Lo perdimos. Problemas con el billete.”

Asiente, con simpatía en la mirada. “Pasa más de lo que cree. Roma es hermosa, pero el aeropuerto… no tanto.”

Consigo sonreír. “Solo quiero volver a casa.”

Él se encoge de hombros, como diciendo, ¿qué se le va a hacer? “Quizá la próxima vez se quede más en Roma. Menos estrés.”


Al mediodía, el aeropuerto se llena de nuevas caras y nuevas historias. Nuestro viaje sigue incierto, el regreso a casa enredado entre códigos y call centers. Pero la ciudad más allá de estos cristales despierta, y la luz ahora es más suave, dorada y compasiva. Cierro los ojos y escucho el sonido lejano de las ruedas de maletas, el murmullo de idiomas que casi entiendo, y me recuerdo: todo viaje, incluso los que salen mal, es una historia que merece ser contada.

Salidas en Fiumicino, luz del sol entrando