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Bombinhas: Playas y Naturaleza en Santa Catarina
$60 - $120/día 5 min de lectura

Bombinhas: Playas y Naturaleza en Santa Catarina

Descubre Bombinhas, el paraíso de Santa Catarina: playas cristalinas, mariscos frescos y tranquilidad. El destino ideal para relajarse y conectar con la naturaleza.

La arena aún está fresca bajo mis pies, el sol no ha subido lo suficiente para disipar la neblina matinal. Un pescador con shorts descoloridos recoge su red, el hilo brillando con destellos plateados—tal vez anchoas, o algo más raro. Sonríe cuando pregunto, sus dientes blancos contrastando con la piel curtida por el sol. “Hoje tem camarão também”, dice, levantando un camarón que se retuerce. Hoy también hay camarón.

Pescador en la playa de Bombinhas al amanecer, red en mano, luz brumosa

El aire aquí es denso de sal y el leve dulzor de flores silvestres que se aferran a las dunas. Bombinhas no presume su belleza. Te deja descubrirla, cala tras cala. El agua es increíblemente clara—tan clara que, incluso desde la orilla, puedo ver las siluetas oscuras de peces moviéndose entre las rocas. Los niños gritan de alegría persiguiendo pequeños cangrejos, sus risas mezclándose con el murmullo rítmico de las olas.


Más tarde, sigo un sendero angosto que serpentea entre el verde enmarañado. El suelo está cubierto de agujas de pino, el aire es más fresco bajo el dosel. En algún lugar arriba, un tucán lanza un grito agudo y resonante que me deja inmóvil. Me detengo, el corazón latiendo fuerte, y alcanzo a ver el destello amarillo de su pico entre las hojas. La subida es suave pero constante, y al llegar arriba, la vista es un golpe de azul y verde: 39 playas, cada una con su propio tono, cada una prometiendo algo nuevo. Algunas son amplias y salvajes, con olas que se enrollan y rompen—surfistas flotan a lo lejos, esperando la próxima serie. Otras están escondidas, con aguas tranquilas y cristalinas, perfectas para flotar o ponerse una máscara y snorkel para ver el mundo submarino desplegarse.

Una mujer local, con el cabello aclarado por el sol, se sienta en una roca a mi lado. “Você não é daqui, né?”, pregunta, sin mala intención. ¿No eres de aquí, verdad?

“No”, admito, “pero me gustaría serlo”.

Ella ríe, el sonido se extiende sobre la bahía. “Fica mais um pouco. Aqui, a gente aprende a ir devagar.” Quédate un poco más. Aquí aprendemos a ir despacio.


El almuerzo siempre es junto al mar. Los restaurantes se extienden sobre la arena, las sillas de plástico se hunden en el suelo blando. El menú es un homenaje al mar: pescado a la parrilla, arroz con pulpo, camarones al ajillo. Pido moqueca, el vapor sube perfumado a coco y cilantro. El camarero, al ver mi plato vacío, me guiña un ojo. “¿Primera vez en Bombinhas?”

Asiento, saboreando la última gota de salsa. “Primera de muchas, creo yo.”

Él sonríe. “¿Vas a bucear después? Hoy hay tortugas.”

La idea me acompaña mientras bajo al agua, la arena ahora caliente y fina entre los dedos. Alquilo una máscara y aletas en una caseta azul descascarada. El dueño, un hombre delgado con gorra descolorida por el sol, me entrega el equipo. “Vas a ver mucha vida ahí abajo. Solo respeta el mar.”


Bajo el agua, el mundo es silencio salvo por mi respiración. Rayos de sol atraviesan el turquesa, iluminando bancos de peces rayados de amarillo y el lento movimiento de una tortuga marina pastando en los pastos marinos. El agua es fresca, me envuelve como seda. Pierdo la noción del tiempo, salgo a la superficie solo cuando mis pulmones lo piden. De vuelta en la playa, el mundo parece más brillante, los colores más intensos, la brisa más viva.

Buzos y snorkelistas exploran las aguas claras de Bombinhas, con peces visibles


Las tardes en Bombinhas son lentas y doradas. El sol se esconde tras las colinas, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Los locales se reúnen en el paseo marítimo, bebiendo cerveza fría y compartiendo historias. Un guitarrista toca una suave bossa nova, las notas flotan sobre la arena. Me siento con un plato de pastel de camarão, la masa crujiente y caliente, el relleno dulce de camarón fresco. El aire huele a sal y aceite, risas y música se mezclan en la noche.

Un niño corre, persiguiendo una cometa que baila con la brisa marina. Su madre lo llama, su voz cálida y sin prisa. “¡Despacio, niño! El mar no se va a ir.”


Bombinhas está a solo 70 kilómetros de Florianópolis—un viaje corto, pero parece otro mundo. Hay una pequeña tasa de preservación para entrar, que mantiene las playas limpias y la naturaleza intacta. Cuarenta reales, dice el cartel, y los pago con gusto, sabiendo que compro más que acceso. Compro el silencio del bosque, el brillo del mar, el ritmo pausado que se mete en los huesos si lo dejas.

Atardecer dorado en la playa de Bombinhas, familias paseando, cielo rosado

Pienso en la mujer de la roca, su invitación a quedarme más tiempo. La verdad es que Bombinhas no es un lugar que se visita. Es un lugar al que se vuelve, una y otra vez, encontrando siempre algo nuevo—una cala escondida, un nuevo amigo, un latido más lento. El mar brilla, el aire sabe a sal y camarón, y el tiempo, por una vez, está de tu lado.