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Buenos Aires: Caminito, Puerto Madero y San Telmo
$50 - $150/día 3-5 días mar, abr, may, sept, oct, nov (Primavera y otoño) 5 min de lectura

Buenos Aires: Caminito, Puerto Madero y San Telmo

Descubre Buenos Aires auténtica: colores de Caminito, sabores en Puerto Madero y el ambiente histórico de San Telmo. Dónde comer, pasear y disfrutar.

El primer impacto es el aroma. Una mezcla intensa de chorizo a la parrilla, azúcar caramelizada y el olor metálico de la pintura vieja bajo el sol. Estoy en la entrada de Caminito, donde las paredes de chapa de los conventillos gritan en azul, mostaza y rojo. La Boca no te da la bienvenida, te atrapa de golpe. El calor sube desde los adoquines desparejos y calienta las suelas. A pocos metros, los muros de cemento de la Bombonera dominan los pasillos angostos. Hoy el estadio está en silencio—solo el museo recibe visitantes—pero al tocar el ladrillo caliente, casi se siente el eco de los 54 mil hinchas de Boca Juniors vibrando bajo los pies. Estatuas de Maradona y Messi vigilan desde altares improvisados, rodeadas de bufandas azul y oro que ondean en la brisa húmeda.

Fachadas coloridas de Caminito en Buenos Aires


En la esquina más famosa del barrio, una multitud se desborda sobre los adoquines, hablando en ese español argentino tan rápido y musical. Entro al local de Cachafaz, donde el aire acondicionado y el aroma a chocolate recién horneado me envuelven. Aquí se cuenta una historia que los locales repiten con picardía.

"Se fueron un martes", me dice la mujer tras el mostrador, mientras apila cajas doradas. Tiene una sonrisa de quien ya contó esta anécdota mil veces.

"¿De Havanna?", pregunto, aludiendo a la marca más famosa de alfajores.

"Exacto." Me desliza una muestra de alfajor bañado en chocolate. "Tres empleados. El jueves ya tenían este local. Sabían la receta. Ahora, somos los mejores de Argentina. Probá."

Le doy un mordisco. El chocolate cruje y deja paso a un relleno denso y suave de dulce de leche. Sabe a dulce venganza. Pago dieciocho mil pesos—unos veinte dólares, según el día—por cuatro cajas y un frasco de dulce de leche, sabiendo que no durarán ni una semana. Afuera, una pareja vestida de negro y rojo posa en un paso de tango para la cámara de un turista, el tacón de la mujer resuena en el suelo. La Boca es un teatro, y todos actúan. Pero hay que saber dónde termina el escenario; solo unas cuadras fuera del límite marcado por la policía turística y los colores dan paso a una realidad más cruda y auténtica.


Pasar de la pasión obrera de La Boca a la serenidad moderna de Puerto Madero es como cambiar de ciudad. Dejo mis cosas en el Belive Madero, un hotel sencillo pero bien ubicado, y camino hacia el río. Los viejos depósitos de ladrillo rojo ahora son cafés elegantes y universidades, suavizados por años de renovación. El canal, alimentado por el inmenso Río de la Plata, refleja los rascacielos modernos que definen este nuevo Buenos Aires. El aire aquí es más limpio, con aroma a perfume caro y café tostado en vez de carne asada.

Reflejos en el agua de Puerto Madero, Buenos Aires

El hambre me lleva a una parrilla junto al agua. El mozo, de delantal blanco impecable, deja pan fresco, grisines y queso con hierbas. Es el famoso cubierto, ese cargo extra típico en la cuenta argentina por el servicio de mesa. Pido un ojo de bife. Cuando llega, la carne es pura perfección: dorada por fuera, roja y jugosa por dentro. Lo acompaño con espinaca a la crema y batatas caramelizadas con queso crema. El sabor intenso de la carne pide una copa de Malbec oscuro, que lo equilibra todo. De postre, un volcán de dulce de leche bajo helado de vainilla. La cuenta, por una comida que podría alimentar a varios, apenas supera los cien dólares. En Buenos Aires, darse un gusto no es un lujo imposible.


Para bajar la comida, sigo el canal hasta una silueta que destaca en el atardecer: el Puente de la Mujer. Su diseño es una abstracción arquitectónica de una pareja de tango: el mástil representa al hombre, firme; la curva del puente, el movimiento de la mujer. Me apoyo en la baranda metálica y veo cómo el tramo central gira lentamente para dejar pasar un velero, casi sin ruido.

El Puente de la Mujer sobre el canal de Puerto Madero

Paso junto al histórico barco-museo ARA Uruguay, sus mástiles de madera contrastan con el puente moderno, y sigo hasta el Faena Hotel. Diseñado por Philippe Starck, es un sueño de terciopelo rojo y ladrillo a la vista. Pregunto al conserje por el show de tango de esta noche, esperando una cancelación de último minuto.

"Estamos completos, señor", responde con una sonrisa. "Hay que reservar con semanas de anticipación."

"Será para la próxima", contesto. El ritmo de la ciudad no espera a nadie.


Ya es de noche cuando llego a las calles empedradas de San Telmo. El aire aquí es más denso, cargado de historia y humedad. No tengo hambre, pero el aroma a carne en la plancha de Perez-H es irresistible. Es un local pequeño y sencillo, iluminado por neón, muy distinto a la elegancia de Puerto Madero. Pido una hamburguesa con queso y una cerveza tirada. Pagando en efectivo, el precio baja a solo cinco dólares, un truco que se aprende rápido en Argentina.

Me siento en una mesa en la vereda. La hamburguesa es grasosa, salada y perfecta. La cerveza, helada, deja marcas en la mesa de metal. Un perro callejero pasa, y a lo lejos suena el bandoneón en la noche húmeda. Buenos Aires siempre tira en dos direcciones: lo lujoso y lo crudo, lo antiguo y lo moderno, lo dulce y lo salado. No se trata solo de visitar; hay que dejarse llevar y aprender a seguirle el ritmo.