Florianópolis: Playas salvajes, historia y naturaleza
Explora Florianópolis: playas vírgenes, cultura azoriana y naturaleza. Descubre Lagoinha do Leste, Ribeirão da Ilha y la Isla do Campeche.
Índice
- Lagoinha do Leste
- Ribeirão da Ilha
- Lagoa da Conceição
- Puente Hercílio Luz
- Isla do Campeche
- Praia Mole
La brisa salada te alcanza incluso aquí, en lo alto de la escarpada y ventosa cima del Morro da Coroa. Las piernas arden tras más de dos horas y media de caminata por la selva atlántica, desde las tranquilas arenas de Praia do Matadeiro. El aire huele a hojas trituradas, tierra húmeda y esa lluvia que amenaza pero nunca cae, un aroma que se pega a la piel. Abajo, entre dos cerros verdes, aparece Lagoinha do Leste: una media luna de olas blancas y mar azul profundo, sin caminos, hoteles ni sombrillas. Para llegar, hay que ganárselo: llevar agua y comida, y caminar. El aislamiento es su propio encanto, un recordatorio de que, aunque la ciudad bulle al norte, la isla aún guarda rincones salvajes.

Los primeros habitantes azorianos creían que Florianópolis estaba habitada por brujas. Caminando por las calles empedradas de Santo Antônio de Lisboa y Ribeirão da Ilha, es fácil entender por qué. Las casas coloniales de colores pastel brillan al atardecer sobre la bahía tranquila. Me siento en una mesa de madera junto al mar, escuchando el vaivén del agua contra el muelle. El aroma a ajo, cilantro y marisco fresco llega desde la cocina, mezclado con el olor de la cerveza fría.
“¿Las prefieres crudas o a la parrilla?”, pregunta un hombre mayor, curtido por el sol y el viento. Limpia la mesa con calma, vestido con una camisa de pescador descolorida.
“Como usted recomiende”, le respondo.
Asiente, satisfecho. “A la parrilla con ajo. Nuestras ostras son las mejores de Brasil. El agua aquí es dulce, eso lo cambia todo.”
Diez minutos después, las ostras llegan chisporroteando. El sabor es sorprendente: jugosas, ahumadas, se deshacen en la boca con un toque mantecoso. Podrías pasar la tarde entera aquí, viendo cómo el cielo pasa de violeta a negro mientras las luces del continente se encienden al fondo.
Según la leyenda, una bruja llamada Conceição se enamoró de un indígena llamado Peri. Prohibidos por las demás brujas, Peri fue transformado en una laguna y las lágrimas de Conceição crearon la Lagoa da Conceição. Hoy, esta enorme laguna salada es el corazón de la costa este. El viento sopla sobre el agua, trayendo risas de quienes hacen paddle y el ruido de patinetas del parque LayBack.

Moverse en coche es casi obligatorio en la isla. Las distancias son largas y el tráfico en verano exige paciencia. Pero al llegar al centrinho de la laguna, todo es más relajado y se puede caminar. Paseo por la Avenida das Rendeiras: el olor a pescado frito y açaí se mezcla con el humo de las motos. Aquí conviven surfistas, artesanos y familias que van a la orilla con neveras.
La estructura de hierro del Puente Hercílio Luz vibra bajo mis pies. Durante más de treinta años estuvo cerrado, como un fantasma del pasado de Florianópolis. Ahora, restaurado y pintado de negro, es una arteria viva. Los fines de semana, solo peatones, ciclistas y músicos ocupan el puente.

Cruzo el puente cuando la ciudad se ilumina y las luces se reflejan en el agua oscura. El viento aquí es más frío. Se escuchan conversaciones en portugués, español e inglés. Este puente es el ancla del centro, a pocos pasos del mercado público donde, más temprano, probé un pastel de camarón en el famoso Box 32. El contraste entre las playas salvajes del sur y esta obra de ingeniería resume la dualidad de la isla.
El motor de la lancha se apaga y solo queda el sonido del agua. Hemos navegado unos dos kilómetros desde la costa, pagando 120 reales por el trayecto, que parece barato al ver el color del agua en Ilha do Campeche: un turquesa transparente. Los botes parecen flotar sobre la arena blanca.
Al pisar la Praia da Enseada, la arena cruje bajo los pies. El aire huele a protector solar y mar abierto. Aquí hay que vigilar las pertenencias, no por ladrones, sino por los coatíes locales, que abren mochilas sin miedo en busca de comida. Paso la tarde flotando en el agua cristalina, mirando la selva densa de la isla. Hay inscripciones rupestres milenarias escondidas entre los árboles, pero el mar es demasiado tentador para dejarlo.
El día termina en Praia Mole. El nombre lo dice todo: la arena es tan blanda que los pies se hunden. Las olas son fuertes y los surfistas esperan el momento justo frente a un horizonte naranja intenso.
Me siento en la arena, envuelto en una toalla húmeda mientras cae la noche. A Florianópolis la llaman la isla mágica. Muchos llegan esperando solo otra playa brasileña, caipiriñas baratas y fiestas. Pero aquí hay mucho más: historia azoriana, leyendas indígenas, naturaleza virgen y vida urbana. Cuando el último rayo de sol pinta el cielo de rosa y oro, la magia se siente real. No solo visitas la isla: dejas que te hechice.
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