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Hiroshima y Miyajima: historia, comida y esperanza
$80 - $150/día 2-3 días mar, abr, sept, oct, nov (Primavera y otoño) 5 min de lectura

Hiroshima y Miyajima: historia, comida y esperanza

Descubre la resiliencia de Hiroshima y la belleza sagrada de Miyajima en un viaje que une memoria, gastronomía local y el renacer de una ciudad.

Llegada y Okonomiyaki

El sonido del okonomiyaki chisporroteando sobre la plancha se mezcla con el murmullo de la estación de Hiroshima. El aire está impregnado de col, salsa dulce y cerdo asado. Me siento en un taburete entre locales que saborean enormes pancakes japoneses en capas. El chef, sin mirarme, desliza hacia mí una montaña humeante de fideos y masa. El calor reconforta tras el viaje. Al probarlo, noto la diferencia: denso, intenso y único. El okonomiyaki estilo Hiroshima nació de la escasez tras la guerra y hoy es símbolo del espíritu de la ciudad.

Llegar aquí fue sencillo gracias a la eficiencia japonesa, con alguna parada intencionada. Desde Osaka, el Shinkansen tarda menos de una hora. Elegí los vagones sin reserva y así ahorré para explorar después. Antes, hice escala en Himeji, guardando la mochila en una taquilla con mi Suica. Subí las empinadas y estrechas escaleras del castillo, sintiendo el frío de los suelos centenarios. Himeji es una joya intacta del Japón feudal. Pero al terminar el okonomiyaki y salir a las calles de Hiroshima, entiendo que aquí la historia no se conserva, se reconstruye.


La isla sagrada de Miyajima

La brisa de la mañana trae un leve sabor a sal mientras el ferry cruza el mar interior de Seto. Me coloco en la parte derecha de la cubierta, como me aconsejó un local, para ver la isla antes que nadie. El trayecto de diez minutos a Miyajima parece transportar a otro tiempo. Una placa en el ferry recuerda la hermandad con Mont Saint-Michel, unida por la influencia de las mareas.

Al pisar la isla, el suelo cruje bajo mis botas. Un ciervo se acerca y me roza la mano con su hocico frío. El ambiente huele a cedro antiguo, brisa marina y ostras asadas al carbón. Sigo el aroma dulce hasta una tienda de madera donde venden Momiji Manju recién hechos. Por solo 120 yenes, pruebo este pastel en forma de hoja de arce, relleno de pasta de judía roja caliente. El de chocolate, que pruebo después, es un placer inesperado.

La majestuosa puerta Otorii del santuario Itsukushima sobre el lecho marino en marea baja en Miyajima

Santuarios y mareas

Caminando por la costa, el mar se ha retirado y deja visible el fondo lodoso. El gran torii bermellón del santuario Itsukushima no flota hoy: se alza imponente sobre el lecho marino, con sus pilares marcados por el tiempo y los percebes. Pago los 300 yenes de entrada y recorro los pasillos de madera del santuario. El suelo cruje bajo los pies. Grupos de escolares con sombreros amarillos llenan los patios de risas. Aquí el ritmo lo marca el mar y la arquitectura invita a bajar el paso.


El peso de la memoria

Regresar al centro de Hiroshima por la tarde cambia el ambiente. Frente a la Cúpula de la Bomba Atómica, el silencio es abrumador. Los restos del antiguo Salón de Promoción Industrial se recortan contra el cielo, una herida deliberadamente abierta. El contraste con los modernos edificios es impactante.

El viento agita miles de grullas de papel junto al Monumento a la Paz de los Niños, plegadas en memoria de Sadako Sasaki y de los niños perdidos. Aquí, la mayoría de las víctimas fueron mujeres, niños y ancianos. El incienso flota en el aire otoñal, mezclando memoria y respeto.

La arquitectura sobria del Museo Memorial de la Paz de Hiroshima

Entrego 200 yenes en la entrada del Museo Memorial de la Paz. Las exposiciones pesan en el ánimo. Se avanza despacio entre salas silenciosas y tenues. No solo se observan objetos: se siente el peso de una ciudad borrada en un instante. Es duro, pero imprescindible. El museo pide silencio y todos, desde escolares hasta viajeros, lo respetan, moviéndose como sombras entre las tragedias del pasado.


Magia en Hiroshima

Al salir, la luz de la tarde parece más cálida. Un hombre mayor me llama desde una mesa. Sostiene un papel de colores entre sus manos arrugadas.

"¿Primera vez en Hiroshima?", pregunta en inglés pausado.

"Sí", respondo, aún conmovido.

Sonríe y me muestra el papel. "Mira, magia de Hiroshima". Con un giro, lo convierte en una grulla de origami y la coloca en mi mano. El gesto es simple y profundamente humano. Esperaba encontrarme con una ciudad marcada solo por la tristeza, pero la calidez y resiliencia de su gente me sorprenden.

El castillo de Hiroshima reconstruido, rodeado de follaje otoñal

Resiliencia y renacimiento

De regreso a la estación, la silueta del castillo de Hiroshima aparece a lo lejos. A diferencia del original de Himeji, este es una reconstrucción, pero se alza orgulloso al atardecer, símbolo de una ciudad que se negó a desaparecer. Un grupo de escolares se acerca y, tras superar la timidez, me piden practicar inglés para un proyecto.

Hiroshima no es un mausoleo. Es una ciudad viva que ha transformado el dolor en un mensaje de paz. Las luces de neón se reflejan en el río Motoyasu al caer la noche. En mi bolsillo, la grulla de papel me recuerda que la humanidad, pese a su capacidad destructiva, también puede mostrar una gracia asombrosa. No sales de aquí siendo el mismo: te llevas su memoria y una esperanza inquebrantable.