Ir al contenido
Hotel Mundo Criamigos Gramado: Diversión y Magia en Familia
$180 - $350/día 6 min de lectura

Hotel Mundo Criamigos Gramado: Diversión y Magia en Familia

Descubre Hotel Mundo Criamigos en Gramado: habitaciones temáticas, desayunos lúdicos y diversión sin fin para unas vacaciones familiares inolvidables.

El mostrador de check-in es un estallido de colores y risas. Lully, con los ojos muy abiertos y un jugo de uva en copa de plástico, se pone de puntillas para firmar su nombre con letras grandes e inseguras. El personal le entrega una pulsera arcoíris y ella sonríe como si le hubieran dado las llaves de un reino. La observo, el corazón hinchado de emoción, mientras dibuja un corazón en su tarjeta de check-in; aquí, hasta los trámites son un juego.

El aire huele levemente a vainilla y pintura fresca, una sensación de novedad que se nota en cada rincón. El hotel tiene apenas unas semanas de inaugurado y se nota: todo brilla, desde los pisos relucientes hasta los murales de colores vivos que decoran los pasillos. Seguimos a Lully por un corredor salpicado de puertas en miniatura—del tamaño justo para ella. Empuja una con un triunfante “¡Tã!” y entramos en una habitación que parece sacada de un cuento.

Habitación temática y colorida en Hotel Mundo Criamigos en Gramado

Nuestra habitación es la suite Turma Cria Amigos, un caleidoscopio de color y fantasía. Hay una cama doble para nosotros y dos camas pequeñas para Lully—ella decide que dormirá en ambas, una cada noche, como si el tiempo aquí se pudiera estirar a su antojo. El baño tiene dos lavabos: uno a la altura de adultos y otro a la de Lully, con una bata diminuta y un jabón en forma de oso. Ella acaricia la suave toalla entre risas. “¡Este es solo para mí!”

Un golpe en la puerta anuncia el inicio del ritual de la tarde: la hora del pudín. Abajo, frente al restaurante y el clubinho (el club infantil), un miembro del staff con delantal colorido lidera un coro de niños en una ronda de canciones. Pedro Pudim, la mascota de peluche, baila y reparte cuencos de flan de caramelo cremoso. El aroma a caramelo y leche condensada flota en el aire, mezclándose con el toque intenso del espresso del bar. Lully devora su pudín, mejillas pegajosas y ojos brillantes. “Muy cremoso”, declara, y tengo que estar de acuerdo: el pudín es increíblemente suave, un pequeño milagro en un vasito de plástico.


El corazón del hotel es el Duomo, un atrio altísimo lleno de más de tres mil osos de peluche. Sus ojos de botón vigilan el lobby, testigos silenciosos del caos y la alegría de abajo. La recepción es un torbellino de familias, cochecitos y maletas, pero el personal se mueve con calma experta, siempre agachándose primero para saludar a los más pequeños.

Pasamos junto al clubinho, donde los monitores organizan juegos y manualidades desde la mañana hasta la noche. Lully desaparece entre bloques de espuma y carcajadas. Yo me quedo cerca del restaurante, curioseando el menú—hay buffet infantil, con todos los clásicos: papas fritas, arroz, frijoles, pasta, mini hamburguesas. Para adultos, opciones a la carta: carnes a la parrilla, ensaladas, un espresso sorprendentemente bueno. El restaurante y el bar están abiertos al público, no solo a huéspedes, y el ambiente vibra con conversaciones y tintineo de copas.

Afuera, la piscina de juegos brilla bajo el sol de la tarde. El aire está impregnado de cloro y protector solar. Lully, aún recuperándose de una otitis, observa con anhelo cómo otros niños chapotean y gritan. “La próxima vez”, le prometo, y ella asiente, ya planeando su regreso.


Recorremos otras habitaciones—cada una es un mundo propio. La suite Fernandino es el sueño de cualquier niño, con trampolín y un altillo para jugar. La habitación Uni Brilho es palaciega, con un tobogán que desemboca en un nido de almohadas y una bañera enorme para un reino de burbujas. Todas alojan hasta cuatro personas y cada una es un estallido de color y diseño ingenioso. “¿Cuál es tu favorita?”, le pregunto a una camarera mientras alisa un edredón.

Ella sonríe. “La Uni Brilho. Los niños nunca quieren irse.”

Nos damos el gusto de mejorar la habitación por una noche, imposible resistirse. La cara de Lully al ver el tobogán es pura maravilla. “¿Puedo dormir aquí para siempre?”, pregunta, y por un momento, ojalá pudiera.


El desayuno es una fiesta. Tres islas de comida: una de bebidas—jugos naturales, leche con chocolate, yogur en frascos pequeños. Otra de dulces: tortas con forma de oso, gelatinas de colores, pasteles espolvoreados con azúcar. La tercera es la fazendinha, la granjita, con ensalada de frutas y pan de queso. Lully va de mesa en mesa, su plato es un mosaico de colores. El café es fuerte, el aire está lleno del tintinear de cubiertos y el bullicio alegre de los niños.

Después del desayuno, vamos a la tienda Cria Amigos, conectada al hotel. Aquí la magia es práctica: los niños eligen un oso (o un unicornio, o Hello Kitty), graban un mensaje para su caja de voz y ayudan a rellenarlo. Lully elige a Pandoca, un oso con lazo rosa. Pisa el pedal para llenarlo, el corazón le late fuerte, y luego guarda un pequeño corazón de fieltro dentro. “Por amor y por la familia”, susurra, ojos cerrados. El oso se cose, se viste con un vestido de volantes y recibe un certificado de nacimiento. Todo el proceso cuesta unos R$140, según los accesorios—un pequeño precio por un recuerdo que durará mucho después del viaje.

Tienda Cria Amigos en Gramado, donde los niños crean su propio peluche


Al lado, la Oficina da Diversão se extiende por 8.000 metros cuadrados—un paraíso de toboganes, muros de escalada, maquillaje neón y montañas rusas a pedal. Nos quitamos los zapatos, nos ponemos calcetines temáticos (los míos de Pandoca, los de Lully de Uni Brilho) y corremos de una atracción a otra. El aire huele a palomitas y crepes, el sonido de las risas rebota en las paredes acolchadas. Aquí, los padres también juegan, redescubriendo la alegría de moverse y de imaginar.

Una empleada, con el pelo recogido en un pañuelo brillante, nos llama. “¿No son de Gramado, verdad?”, pregunta sonriendo.

“No”, respondo, sin aliento tras la montaña rusa. “Pero me gustaría serlo.”

Ella ríe. “Entonces tienen que volver. Aquí, todos vuelven a ser niños.”


En nuestra última mañana, Lully abraza su nuevo oso y una tarjeta con la receta del pudín de la tía Mel, un regalo de despedida del hotel. El aire es fresco, el cielo azul acuarela. Al hacer el check-out, el personal le entrega un pequeño kit: una botella de agua, un dulce, un juego para raspar en el camino. “Para el viaje de regreso”, dicen, y siento una punzada de gratitud por tanta amabilidad.

Los días aquí han sido un torbellino de colores y risas, de manos pequeñas en las mías y la dulce nostalgia de una infancia que puedo revivir, aunque sea por un fin de semana. Al salir al aire fresco de Gramado, Lully se despide de los osos del Duomo, su nuevo amigo bajo el brazo. Sé que volveremos. Hay lugares de los que uno nunca se va del todo.

Niños jugando en la Oficina da Diversão, Gramado