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Ilha de Santo Aleixo: Paraíso Natural em Pernambuco
$60 - $120/día 5 min de lectura

Ilha de Santo Aleixo: Paraíso Natural em Pernambuco

Vive un día inolvidable en la Ilha de Santo Aleixo: mar cristalino, piscinas naturales y ambiente relajado cerca de Porto de Galinhas.

El bote salta y tiembla, el rocío salado pica en mi cara, las risas se elevan por encima del rugido del motor. El cielo es de un azul intenso, de esos que te obligan a entrecerrar los ojos, y el mar entre Sirinhaém y la Ilha de Santo Aleixo está inquieto esta mañana. Aprieto mi bolso—envuelto en plástico, como aconsejaron los locales—y miro a los demás: algunos se preparan para el próximo golpe, otros sonríen, el pelo ya mojado. “Si quieres adrenalina, siéntate adelante”, había dicho el barquero, guiñando un ojo. “Pero te mojarás igual.”

Desembarcamos con un suave roce en la arena, sin muelle, solo el agua fresca arremolinándose en los tobillos. El aire huele a sal y aceite de coco, y el sol cae fuerte, implacable. Una mujer con sombrero de ala ancha me entrega una pulsera de colores, la hora de regreso escrita con marcador. “No la pierdas”, advierte, sonriendo. “O dormirás con los cangrejos.”


Lo primero que notas es el silencio. No hay autos, ni vendedores gritando, solo el suave golpeteo de las olas y el lejano retumbar de forró desde una barraca. La playa principal—Praia do Mar de Dentro—se despliega en media luna, arena clara salpicada de piedras negras y lisas. Me pongo los zapatos de agua, agradecido por el consejo; las rocas resbalan y la marea está baja, dejando al descubierto piscinas naturales que brillan como vidrio. Los niños corren entre ellas, gritando cuando los pececitos les rozan los pies.

Piscinas naturales y costa rocosa de la Ilha de Santo Aleixo

Un guía nos reúne para el corto sendero hacia Praia da Ferradura. “Por aquí”, llama, machete en mano, abriendo paso entre la hierba quemada por el sol. El aire cambia—menos sal, más tierra, un leve dulzor a flores silvestres. El sendero es fácil, no llega a diez minutos, y de pronto los árboles se abren y aparece la playa, una herradura perfecta de arena abrazando el agua turquesa. Tres palmeras se inclinan juntas al fondo, sus sombras largas e invitantes. “El mejor lugar para fotos”, dice el guía, señalando. “Y para historias.”

Nos cuenta, medio en broma, que la isla fue un volcán. “Puede explotar en cualquier momento”, sonríe, y el grupo ríe, el sonido se lo lleva el viento. Señala la palmera solitaria, el mejor ángulo para la foto clásica, y una piscina escondida llamada Piscina da Bruna—nombrada, asegura, por una famosa que posó allí. La piscina está resbaladiza por las algas, las rocas son traicioneras, pero el agua es clara y fresca, un secreto guardado por la isla.


De vuelta en la playa principal, las barracas despiertan. A cada visitante le asignan un lugar—sombrilla, sillas de plástico, una mesa que pronto se llenará de comida. El aire huele a pescado frito y ajo, el chisporroteo del aceite, el toque ácido del limón. Pido peixe a la parrilla y una bebida servida en una piña ahuecada, la pulpa dulce y fría en la boca. El menú es sencillo—platos para dos rondan los R$150, cervezas long neck por R$15-17, refrescos y latas por R$10, y cocteles elaborados por R$40. La música es en vivo, un hombre con guitarra canta viejos sertanejos, y el cobro de R$12 casi pasa desapercibido.

“Pide temprano”, aconseja el camarero, secándose el sudor. “Cuando el sol está alto, todos quieren comer a la vez.” Se ríe, recordando un caos pasado—pedidos retrasados, ánimos caldeados, un cocinero que se fue enfadado. “Hoy será mejor. Hoy está tranquilo.”

Barracas y sombrillas en la arena, Ilha de Santo Aleixo

Las horas pasan entre sol y sal. Algunos prueban la banana boat, gritando al caer al mar, otros pasean en jet ski, dibujando líneas blancas sobre el azul. La mayoría simplemente flota—entre la sombra de las sombrillas, el frescor del agua, el ritmo lento de la isla. El calor es intenso, de ese que te hace agradecer cada sombra, cada bebida fría que te ofrecen.


Al atardecer, la marea sube, cubre las piscinas, suaviza las rocas. La luz se vuelve dorada sobre el agua y la isla parece aún más remota, como si el mundo más allá de la arena se desvaneciera. Camino por la playa, los pies hundiéndose en la arena tibia, las risas de desconocidos mezclándose con el murmullo de las olas. Un niño local, de unos diez años, me observa mirar el mar.

“¿Te gusta aquí?”, pregunta, sin esperar respuesta. “Es mejor que la tele.”

Asiento, sin poder contradecirlo. El sol se esconde tras las palmeras, los últimos botes se preparan para volver. Aprieto mi pulsera, aún húmeda, y siento el peso del día—sal en la piel, el recuerdo de las risas, el silencio de un lugar que solo pide tu presencia.

En Santo Aleixo, el tiempo se detiene. El mar canta. Y por unas horas, recuerdas cómo escuchar.

Atardecer dorado en Praia da Ferradura, Ilha de Santo Aleixo