De la calma de Río al bullicio de Londres: viaje en ejecutiva
Descubre el contraste entre la tranquilidad VIP de Río, los interminables pasillos de Madrid y el ritmo de Londres en una travesía en clase ejecutiva.
El silencio es casi inquietante. Entro en la sala VIP de American Airlines en Río Galeão y la quietud me envuelve por completo. El aire es fresco, con un leve aroma a café y desinfectante, y el único sonido es el suave zumbido del aire acondicionado. Mis pasos resuenan en el suelo pulido. No hay nadie más que nosotros: solo unos sillones vacíos, algunas revistas desplegadas sobre una mesa baja y el lejano tintinear de vasos en el bar. Siento un poco de culpa al sacar el móvil para grabar; el clic de la cámara suena escandalosamente alto.

Recorremos los distintos rincones de la sala: un espacio con sillones de cuero profundo, otro con vista a la pista donde los aviones parpadean al atardecer. Es un lujo extraño, esta soledad, y me pregunto si siempre es así de noche. El personal asiente amablemente al pasar, sus voces en susurros. “¿Viajan en ejecutiva?”, pregunta una de ellas, y al asentir, sonríe: “Entonces, el lugar es todo suyo”.
El camino hasta la puerta C5 es largo, los pasillos del aeropuerto bañados en luz fluorescente. Pasamos por la fila de embarque prioritario, la sonrisa ensayada de la agente y su “Boa viagem” nos dan la bienvenida al avión. La cabina de clase ejecutiva es un capullo de luz azul suave y conversaciones discretas. Mi asiento se reclina con un suave zumbido, convirtiéndose en cama con solo pulsar un botón. Hay un kit esperándome: antifaz, bálsamo labial, crema de manos, unos calcetines gruesos y un cepillo de dientes diminuto. Paso la mano por la manta: más gruesa y suave que cualquier cosa en turista.
Antes del despegue, una azafata aparece con una bandeja de bebidas de bienvenida. “¿Champán o zumo de naranja?”, pregunta. Elijo el champán, las burbujas chisporroteando en mi lengua mientras reviso el menú: ensalada fría con tomate y zanahoria, salmón con puré y verduras, tarta de maracuyá o crumble de frutos rojos. También hay selección de vinos y quesos españoles. El zumbido de los motores crece y las luces de Río parpadean por la ventanilla mientras despegamos hacia la noche.
La cena llega en varios tiempos. La ensalada está fresca, el pan—lamentablemente—duro como una piedra, pero el aceite de oliva es fragante y el salmón del plato principal está en su punto. Saboreo cada bocado: sabores limpios, puré suave, verduras perfectas. El postre es un dilema: tarta de maracuyá o crumble de frutos rojos. Mateus, que no es de dulces, me deja ambos. La tarta es ácida, el crumble dulce y tibio. El café llega con un cuadrado de chocolate español, que se derrite lentamente en mi boca. Las luces se atenúan, la cabina se sumerge en el silencio y me estiro en mi cápsula, la almohada fresca en la mejilla. El sueño llega fácil, el motor arrullando.
Despierto con aroma a café y croissants calientes. El desayuno se sirve una hora antes de aterrizar: crepe con dulce de leche y plátano, o una tortilla esponjosa, con fruta, croissant, mermelada y panecillo. Elijo el crepe, la dulzura del caramelo y el plátano me empujan suavemente al día. Las ventanillas brillan con la primera luz sobre España. Coloco una SIM local antes de aterrizar, lista para conectarme apenas toquemos tierra.
El aeropuerto Barajas de Madrid es una ciudad en sí misma. La Terminal 4S se extiende sin fin, cristal, acero y pasillos móviles interminables. Bajamos en la S42 y caminamos, y caminamos—pasando tiendas, puertas silenciosas, el aire impregnado de perfume y café. “Esto no termina nunca”, murmura Mateus, y río, el sonido tragado por la inmensidad de la terminal.
La sala VIP Netuno es otro mundo: luminosa, amplia, con grupos de sillones y un buffet que cambia según la hora. Registramos la entrada con un toque de tarjeta, la app Visa Airport Companion lo hace todo fácil. El desayuno sigue: café, croissants de chocolate, panecillos. Mateus revisa la selección de cervezas, sonriente. “¿Cuál elegiste?”, pregunto. “La misma del vuelo. Está buena”, responde, levantando el vaso. Yo me quedo con el café, el amargor despejando mi sueño. El personal empieza a sacar el almuerzo, pero nuestro vuelo a Londres ya está embarcando. Recogemos todo, el sabor a chocolate aún en la boca, y vamos a la puerta S30.

El glamour se desvanece al abordar el corto vuelo a Londres. Turista es estrecho, las rodillas pegadas al asiento de delante, el aire cargado de olor a recirculado y demasiada gente. No hay servicio de comida: si quieres algo, lo pagas. Veo las nubes pasar, Madrid quedando atrás, Londres acercándose. Dos horas después, aterrizamos en Heathrow, la ciudad extendiéndose bajo la lluvia tras la ventanilla.
Hay un momento, de pie en la sala de llegadas, en que el viaje me alcanza. El sabor de la tarta de maracuyá sigue presente, el recuerdo de la sala silenciosa de Río y los pasillos infinitos de Madrid parpadea en mi mente. Viajar, en su mejor versión, es una sucesión de contrastes: calma y bullicio, lujo e incomodidad, lo conocido y lo nuevo. Me cuelgo la mochila, me uno al flujo de la mañana londinense y dejo que la ciudad me envuelva por completo.
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