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Santiago de Chile: Viaje en Familia y Experiencia en el Aeropuerto
$90 - $180/día 6 min de lectura

Santiago de Chile: Viaje en Familia y Experiencia en el Aeropuerto

Retrasos, maletas dañadas y los Andes nevados: vive el viaje real de una familia de Brasil a Santiago de Chile, contado por un escritor de viajes.

Las luces fluorescentes del Aeropuerto de Curitiba parpadean contra la oscuridad previa al amanecer. Son las 5:40 a.m., el aire es frío y cortante, y Luli ya va por la mitad de un pão de queijo, mejillas infladas y ojos abiertos con la anticipación que solo trae el primer viaje internacional. A nuestro alrededor, la terminal vibra con el murmullo de maletas rodando y el ocasional anuncio por altavoz. Reviso el clima en Santiago: 13°C, más cálido que aquí, pero suficiente para justificar las capas extra en nuestras mochilas. Mochilas, en plural, porque aunque solo nos permiten equipaje de mano, decidimos despacharlas. Para nosotros, la libertad es recorrer el aeropuerto sin cargas, con las manos libres para tomar la mano de una niña o una taza de café.

“La gente dice que estamos locos por despachar el equipaje de mano”, le digo a Diego, viendo a Luli balancear las piernas desde el banco. “Prefiero arriesgar una maleta rayada que una espalda adolorida”.

Él sonríe: “No se trata de las reglas, sino del viaje”.


El viaje, por supuesto, nunca es tan fluido como prometen los folletos brillantes. Nuestro vuelo a São Paulo se retrasa. Una puerta trasera del avión no funciona y la tripulación acomoda a los pasajeros como piezas de ajedrez, intentando equilibrar el peso. La tensión se siente: murmullos recorren la cabina, un niño llora, alguien se estira solo para que le pidan sentarse de nuevo. La voz del capitán suena por el altavoz, calmada pero cansada: “Estamos trabajando con el equipo de tierra para asegurar que todo esté dentro de los límites de seguridad”.

Nos ofrecen un vale de comida—R$78, suficiente para un desayuno apresurado en la terminal, pero la ironía no se nos escapa: el vale llega después de haber abordado. Algunos pasajeros se rinden, bajan del avión y su equipaje debe ser retirado, sumando más retraso. Finalmente, nos adelantan en la cabina, un pequeño upgrade en espacio para las piernas, y Luli, ajena al drama adulto, se duerme antes del despegue.

Pasajeros esperando en el Aeropuerto de Curitiba, luz de la mañana


El Aeropuerto de Guarulhos en São Paulo es una ciudad en sí misma: pasillos que resuenan, aroma a café fuerte y perfume del duty free, el tintinear metálico de las bandejas de seguridad. Avanzamos por la terminal internacional, pasaportes y tarjetas de embarque en mano, el ritual del viaje tan familiar como extraño. La seguridad aquí es más estricta: nada de líquidos de más de 100ml, ni objetos punzantes y, como señala Diego, “¿Sabías que hay un celular Samsung que no se puede llevar a bordo?”

Me río: “Solo tú sabrías eso”.

Él se encoge de hombros: “Note 7. Prohibido en todos lados”.

Pasamos por la sala VIP, un breve oasis de calma. Luli colorea tranquila mientras Thaí, hambrienta e irritable, va directo al buffet: ensaladas, pasta caliente, cocada cremosa y una variedad de bebidas, desde jugo de naranja hasta vino chileno. La sala es una recompensa a la fidelidad, un recordatorio de que a veces el viaje es tanto la espera como el movimiento.


El embarque a Santiago es un estudio del caos organizado. El vuelo va lleno y anuncian: “Grupo 4, deben despachar sus maletas”. Hay quejas, pero ya estamos acostumbrados. Nuestra filosofía es simple: primeros o últimos en abordar, nunca en medio. Subimos, encontramos nuestros asientos al fondo y nos acomodamos con los pequeños placeres del viaje: una manta, una almohada, la promesa de dormir. El Airbus A320 cobra vida y, mientras las luces de São Paulo se desvanecen, la cabina se oscurece, el mundo se reduce a la respiración suave de una niña y el tintinear de una copa de vino.

La comida es sencilla pero bienvenida: un sándwich caliente, una pequeña ensalada de frutas, una barrita Twix. El pan está tibio, el queso derretido, la fruta algo insípida, pero el chocolate es un pequeño placer. “¿Cuál es tu truco para destapar los oídos?” le pregunto a Luli al comenzar el descenso.

Ella lo demuestra, boca bien abierta: “¡Solo abre la boca así!”


En algún punto sobre los Andes, las nubes se abren. Picos nevados se alzan, increíblemente cerca, el sol brillando sobre sus aristas. Por un momento, toda la cabina se asoma a las ventanas, conteniendo la respiración, mientras la Cordillera de los Andes se revela: blanca, salvaje, interminable. Incluso Diego, normalmente imperturbable, se emociona. “Es casi conmovedor”, susurra. Los ojos de Luli se agrandan, su primera vista de otro país enmarcada por montañas y cielo.

Cordillera de los Andes vista desde la ventanilla del avión


El Aeropuerto Internacional Arturo Merino Benítez de Santiago es un remolino de idiomas y rostros, el aire perfumado con café tostado y el leve frío de la montaña. Migraciones es eficiente: los brasileños no necesitan pasaporte, solo una cédula válida de menos de diez años. El oficial sella nuestros documentos, nos entrega el papel de la PDI que necesitaremos para salir del país y nos deja pasar. Un perro detector da vueltas por la cinta de equipaje, olfateando, ojos atentos. Luli se ríe: “Trabaja más que nosotros”.

Nuestra suerte con el equipaje sigue: otra maleta, otro golpe. Hacemos el reclamo en el mostrador de LATAM, el proceso ya nos resulta familiar. “Tienen suerte si nunca les han dañado una maleta”, dice la empleada, medio en broma, medio comprensiva. Asentimos, resignados, y seguimos adelante.


Afuera, la ciudad espera. Los taxis son famosos aquí, Uber es técnicamente ilegal, así que contratamos un traslado privado con Chile Experience. La van está limpia, el chofer es amable, la ciudad se despliega tras la ventana: montañas a un lado, el extenso Santiago al otro. El aire es fresco, el cielo increíblemente azul. Luli pega la cara al vidrio, siguiendo el horizonte con la mirada.

“¿Estás emocionada?” pregunto.

Ella sonríe: “Quiero verlo todo”.

Sala de llegadas en el Aeropuerto de Santiago de Chile, viajeros con equipaje


Hay un momento, después del estrés, las filas y los retrasos, en que sales a una ciudad nueva y el aire se siente diferente. El viaje nunca es perfecto: hay demoras, maletas dañadas, vistas perdidas y pequeñas victorias. Pero mientras los Andes brillan al sol de la tarde y la risa de Luli llena la van, recuerdo por qué viajamos: no por el itinerario perfecto, sino por las historias que recogemos en el camino.