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Bariloche y la Ruta de los 7 Lagos en verano: guía práctica
$100 - $250/día 5-7 días dic, ene, feb, mar (Verano) 5 min de lectura

Bariloche y la Ruta de los 7 Lagos en verano: guía práctica

Recorre Bariloche y Villa La Angostura en verano: lagos cristalinos, rutas escénicas y consejos para tu viaje por la Patagonia argentina.

El viento patagónico te recibe apenas sales del aeropuerto, trayendo consigo el aroma a pino y un frío que desafía el calendario. Aunque es verano en la Patagonia argentina, el termómetro ronda los seis grados. Ajusto mi campera mientras el encargado de la agencia de autos nos entrega la llave de la SUV. Pagamos un poco más por el espacio y la comodidad, pero las rutas de montaña lo justifican.

"¿Trajiste abrigo?", pregunta el encargado, notando mi escalofrío.

"Pensé que diciembre era verano", respondo, sonriendo.

"Acá el verano solo significa que los lagos no están congelados. Manejen con cuidado."

Dejamos Bariloche atrás y ponemos rumbo a Villa La Angostura, recorriendo 80 km bordeando el lago Nahuel Huapi, de un azul profundo e hipnótico. Al llegar, el pueblo parece salido de un cuento: casas de piedra y madera oscura entre árboles gigantes.

Arquitectura de madera y calles tranquilas en Villa La Angostura

En la oficina de turismo, una simple señal de madera indica la entrada. La atención es moderna: me entregan un código QR y, en segundos, mapas y horarios de ferrys llegan a mi WhatsApp. Al día siguiente, con toda la información digital a mano, empezamos el recorrido por la famosa Ruta de los 7 Lagos.


El crujido de la grava es lo único que se escucha al detenernos en el mirador del Lago Espejo. El nombre le queda perfecto: el agua es tan clara que se ven las piedras del fondo desde lo alto.

En la playa, el sol finalmente asoma y calienta la arena oscura. Me saco los zapatos y pruebo el agua: el frío es inmediato y despierta, como agujas en los tobillos. Algunos se animan a zambullirse, pero yo prefiero quedarme en la orilla, sintiendo la pureza helada del deshielo.

Más adelante, paramos cerca del río Correntoso. Cruzar el puente alto es una experiencia: el viento sopla fuerte y abajo, uno de los ríos más cortos del mundo conecta dos lagos con aguas turquesa y espumosas. Podrías pasar horas mirando cómo el agua esculpe la tierra.


El catamarán se balancea suavemente en el muelle de Bahía Mansa. Por setenta mil pesos, más una tasa de parque, subimos al barco cerrado buscando refugio del viento. El motor vibra y cruzamos la bahía rumbo al Bosque de Arrayanes.

Al bajar, el bosque parece de otro planeta. Los arrayanes, con su corteza canela y lisa, se alzan como dedos retorcidos. Algunos tienen más de 600 años. El aire huele a musgo y tierra húmeda. El sendero es de madera y, aunque el lugar es hermoso, la cantidad de visitantes y el recorrido controlado le quitan algo de magia. A veces, las playas solitarias al costado de la ruta ofrecen momentos más auténticos.

De regreso en el pueblo, nos calentamos las manos con un chocolate caliente en una cafetería. Pagamos con la tarjeta Wise, que facilita el pago y evita problemas con el tipo de cambio.


Volvemos a Bariloche, cambiando el silencio del bosque por la energía de una ciudad con aire suizo. El Centro Cívico, con sus arcos de piedra y madera, se abre hacia el lago.

Arcos de piedra en el Centro Cívico de Bariloche

La calle Mitre huele a chocolate y azúcar tostada. Las chocolaterías exhiben esculturas enormes en sus vidrieras. Entramos a Rapanui, donde además de café y bombones, hay una pista de patinaje sobre hielo. El ambiente es alegre: risas, patines y el vapor de las cafeteras.

Pruebo un vasito de Franui: frambuesas congeladas bañadas en chocolate blanco y con leche. El contraste entre lo ácido y lo dulce es adictivo. Me siento en un banco de madera y dejo que el chocolate se derrita mientras observo el movimiento de la ciudad.


El Circuito Chico es un recorrido de 65 km que invita a ir despacio. Bajamos las ventanillas y dejamos que el aire puro inunde el auto. El camino atraviesa bosques, playas tranquilas como Villa Tacul y miradores que obligan a detenerse para comprobar que el paisaje es real.

Al mediodía, el aroma a malta y asado nos lleva a la cervecería Patagonia. Por diez mil pesos, que incluyen la primera cerveza, accedemos a una terraza con vista panorámica. Pido una stout y un sándwich. Las montañas, aún con nieve en las cumbres, rodean el lugar.

Al estacionar, no dejamos nada a la vista en el auto. Bariloche es segura para caminar de noche, pero los robos menores en autos estacionados ocurren. Mejor prevenir.


En el último día, el cielo finalmente se despeja y el paisaje estalla en colores. Es el momento ideal para subir al Cerro Campanario.

Vistas panorámicas desde la cima del Cerro Campanario

La aerosilla cuesta veintidós mil pesos. En ocho minutos, subimos en silencio sobre las copas de los árboles. Arriba, el viento es fuerte, pero el frío se olvida al llegar al mirador.

El mundo se abre en un panorama de 360 grados: picos nevados, bosques y lagos de un azul intenso. Apoyado en la baranda, respiro hondo. Esta es la recompensa de recorrer las rutas, de soportar el frío inesperado y de viajar sin apuro. La Patagonia no solo se mira: se siente en los huesos.