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Sal, sol y coral: tres días por las playas de Maceió
$40 - $100/día 3-4 días sept, oct, nov, dic, ene, feb, mar, abr (Estación seca (septiembre a abril)) 6 min de lectura

Sal, sol y coral: tres días por las playas de Maceió

Descubre las playas de Maceió: acantilados de Gunga, aguas urbanas azules y aventuras familiares. Sol, gastronomía y paisajes inolvidables te esperan.

El cuatrimoto cobra vida bajo mí, un rugido mecánico que vibra a través de la arena. La risa de Paula es nerviosa, sus brazos se aferran fuerte a mi cintura mientras avanzamos a trompicones, el viento ya cargado de sal y aroma a aceite de coco. Delante, las palmeras se inclinan, sus sombras parpadeando sobre el camino. El sol es implacable, bañando todo en dorado y blanco. “¿Seguro que recuerdas cómo manejar esto?”, grita sobre el motor. Sonrío, no del todo seguro, pero solo queda avanzar.

Arenas bordeadas de palmeras en Praia do Gunga, Alagoas

Estamos en Praia do Gunga, la playa más famosa del sur de Alagoas, y ya está llena del bullicio de platos y familias buscando su lugar en la arena. La playa es un estallido de sombrillas rojas, amarillas y azules, y el aire huele a pescado frito y ajo. Un camarero con camisa desteñida se acerca con el menú en mano. “Para dos, la moqueca empieza en 140 reales”, dice, mirando al mar. “Pero si quieren langosta, es más.”

Caminamos, los pies hundiéndose en la arena caliente, pasando por las barracas y las risas de los niños. El estacionamiento costó cinco reales, solo efectivo, y el tour en cuatrimoto—cincuenta para dos—también exigió billetes. Sin tarjetas, sin Pix, a la antigua. El paseo es corto pero intenso, el sendero serpentea entre cocoteros hasta que los acantilados—falesias—se alzan, rojos y ocres contra el cielo. Solo tenemos minutos aquí, lo justo para una foto, respirar el aroma mineral de la tierra y el mar, y desear más tiempo. “Siempre es demasiado rápido”, dice Paula, sacudiendo la arena de sus piernas. “Pero mira esto.”

La última parada es Lagoa Doce, una laguna entre los acantilados. El agua está tan cálida que sorprende, como meterse en una bañera al sol. Floto, ojos cerrados, el mundo amortiguado y lento. El calor aprieta, pero la brisa del cuatrimoto aún se siente en la piel. “Tienes que probarlo”, grita un local desde la orilla. “¡Está más caliente que la playa!”


De vuelta en la carretera, el paisaje se difumina—campos de caña, pueblos dormidos, la promesa de más azul adelante. Barra de São Miguel es más tranquila, el tipo de lugar donde el mar susurra en la arena y el arrecife calma las olas. El agua es increíblemente clara, un turquesa tan brillante que parece irreal. Me sumerjo, el frescor es un alivio, y veo a familias flotando en las piscinas naturales, las risas rebotando en los bajíos.

Praia do Francês es la siguiente, su nombre un recuerdo de contrabando y marineros franceses. Hoy el viento es suave, el mar menos salvaje de lo que recordaba. “No te gustó la última vez”, bromea Paula, pero niego con la cabeza, viendo la luz bailar sobre el agua. A veces un lugar merece una segunda oportunidad. La playa está llena de pousadas y restaurantes, el aroma a camarones a la parrilla flota en el aire. Pido un coco frío y dulce, y dejo que la tarde pase despacio.


La mañana en Maceió es un lento despliegue de luz sobre las playas urbanas. Jatiuca, Ponta Verde, Pajussara—cada una con su ritmo, pero todas con el mismo azul imposible. La ciudad bulle detrás, autos, buses y el eco lejano de la construcción, pero aquí la arena es suave y el mar tranquilo. Los locales trotan, levantando pequeñas nubes, y los vendedores gritan: “¡Coco gelado! ¡Coco frío!”

Playa urbana en Ponta Verde, Maceió

Jatiuca es el corazón gastronómico de Maceió, la Avenida Dr. Antônio Gomes de Barros repleta de bares y restaurantes. Nos sentamos en un patio sombreado, el tintinear de vasos y el chisporroteo de camarones al ajillo llenan el aire. “Prueben el sururu”, sugiere el camarero, dejando un cuenco humeante. El caldo es salino, rico en leche de coco y hierbas, y lo acompaño con pan, los sabores permanecen mucho después del último bocado.

Ponta Verde es la postal de la ciudad. El faro vigila, blanco sobre el azul, y cuando la marea baja puedes caminar hasta él, el coral cruje bajo los pies. Hoy el mar está alto, así que miramos desde la orilla, el agua tan clara que se ven las sombras de los peces entre las rocas. Estatuas de héroes locales—Graciliano Ramos, Aurélio Buarque de Holanda—vigilan el paseo, sus rostros de bronce mirando al mar.

En Pajussara, las jangadas flotan en la orilla, listas para llevar visitantes a las piscinas naturales. Saltamos el paseo, lo dejamos para otro día, y preferimos recorrer la feria de artesanías, tocando cestas de colores y tallas de madera. El aire huele a cuero y dulces de coco. “Para tu familia”, dice el vendedor, poniendo un barquito pintado en mi mano. Asiento, pensando en casa.


Al norte de la ciudad, las playas se extienden, más salvajes y solitarias. En Ipioca, la arena es ancha y casi vacía, el mar un mosaico de azules y verdes. El Ibiscos Beach Club está animado, pero encontramos un rincón tranquilo, solo nosotros y el sonido de las olas. El day pass cuesta setenta reales, pero lo mejor aquí es gratis: el silencio, el espacio, el cielo infinito.

El almuerzo es en Paripueira, donde el agua es mansa y la arena cálida bajo los pies. Nos demoramos, sin ganas de irnos, el sabor a pescado a la parrilla y lima aún en la boca. La última parada es Carro Quebrado, una playa famosa por sus acantilados y el auto perdido que le da nombre. El mirante—treinta reales por coche—ofrece una vista impactante: acantilados naranjas, mar azul, el horizonte sin fin. Saltamos el deck, preferimos la sombra de una falesia, el mundo en silencio salvo por el romper de las olas y el grito lejano de las gaviotas.

Acantilados y mar azul en Carro Quebrado

Un local se sienta cerca, pelando un mango con una navaja. “No son de aquí”, dice, sin malicia. “No”, respondo, “pero ojalá lo fuera.” Se ríe y ofrece una rodaja. “Entonces quédense. Siempre hay más por descubrir.”


Cae la tarde, el cielo se tiñe de morado y rosa, y las luces de la ciudad se encienden en la orla. Pienso en todos los colores vistos—acantilados rojos, agua azul, palmas verdes—y el sabor a sal en los labios. Maceió es un lugar que permanece, que te invita a ir despacio, a mirar de nuevo, a dejar que el sol y el mar hagan su trabajo silencioso. Veo desvanecerse la última luz y me prometo volver, aunque solo sea para descubrir lo que me faltó la primera vez.