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Parador Cambará do Sul: Glamping de lujo en los cañones
$350 - $650/día 3-4 días mar - ago (Otoño e Invierno) 5 min de lectura

Parador Cambará do Sul: Glamping de lujo en los cañones

Descubre Parador Cambará do Sul: duerme en casulos, prueba asados lentos y explora los cañones de Brasil con todo el confort y la naturaleza.

La niebla aquí tiene peso propio. Se desliza sobre las colinas de la Serra Gaúcha no como un clima, sino como un ser vivo, apagando los sonidos del mundo hasta que lo único que se escucha es el crepitar de la leña en la chimenea. Estoy de pie en la terraza de lo que parece una cápsula de madera futurista, incrustada en medio de la naturaleza brasileña. El aire es fresco, lleva el aroma a pino y tierra húmeda, recordándome que, aunque envuelto en un albornoz térmico, la naturaleza salvaje está a solo un cristal de distancia.

Esto es Parador Cambará do Sul. Aquí perfeccionaron el arte del "glamping" mucho antes de que la palabra se pusiera de moda. Desde 2001, han borrado la línea entre la exposición pura del camping y la comodidad de un hotel de lujo. Me alojo en un "Casulo"—un Capullo. El diseño es intencionado, inspirado en las colmenas de abejas nativas sin aguijón. Se siente orgánico, con líneas curvas que parecen abrazarte. Dentro, me espera una carta que explica la especie de abeja que da nombre a mi habitación, junto a un pequeño tarro de miel local. Es una bienvenida dorada y dulce que sabe a las flores silvestres que vi en el camino.

Parador Cambará do Sul - Foto de Parador Cambará do Sul


El sol comienza a caer y la temperatura baja con él. Aunque no es invierno, las tierras altas exigen respeto—y varias capas de ropa. Camino hacia el lodge principal para cenar en Alma, el restaurante del lugar. El calor me envuelve apenas abro la puerta. Huele a leña y hierbas asadas. La cocina, liderada por el chef Rodrigo Bellora, sigue una filosofía de localismo que parece más religión que regla. Todo pasa por el calor del horno de leña.

"Priorizamos ingredientes de una red de proveedores locales", me cuenta César, uno de los empleados, mientras deja un plato. "Productos orgánicos, frescos, todo con el aroma de las brasas".

Sirve un arroz rojo con pato y níspero caramelizado que parece una joya. La trucha, explica, es local, acompañada de verduras que aún crujen como recién cosechadas. Hay que reservar con tiempo para probar algunos platos; ciertas especialidades requieren 24 horas de anticipación. Mientras como, entiendo que esto no es solo alimento; es un mapa de la región servido en un plato de cerámica.


La mañana trae otra experiencia sensorial. Tras un desayuno rebosante de tortas y mermeladas regionales—servido de 7:30 a 10:00—salgo a los senderos. La propiedad está a orillas del río Camarinhas, y la caminata es sencilla, una introducción suave al paisaje. Me topo con una instalación curiosa: dos grandes conos de madera orientados al bosque, diseñados para amplificar los sonidos de la naturaleza.

Me inclino y escucho. El viento entre los árboles de araucaria suena el doble de fuerte. Oigo el canto de un ave a cientos de metros como si estuviera en mi hombro. Es un instante de atención plena forzada, un recordatorio de dejar el móvil y activar los sentidos.

Pero los verdaderos gigantes están más lejos. Manejo los 32 kilómetros hasta el Cañón Fortaleza en el Parque Nacional Serra Geral. El camino es rústico—de tierra y baches—pero la incomodidad desaparece cuando la tierra se abre. Los acantilados caen en vertical hacia un abismo verde. La entrada cuesta unos 50 reales por persona, un precio pequeño para una vista que te hace sentir diminuto en el mejor sentido. Si tienes energía, puedes combinarlo con una visita al Cañón Itaimbezinho por un precio conjunto, pero prefiero quedarme aquí, viendo las nubes engancharse en las rocas.

Parador Cambará do Sul - Foto de Parador Cambará do Sul


De vuelta en el Parador, el aire vuelve a llenarse de humo, pero ahora huele intensamente a carne. Es sábado, uno de los días reservados para el tradicional fogo de chão—el asado a fuego de suelo. En la cocina exterior, las costillas se clavan en la tierra alrededor de un fuego vivo, cocinándose despacio durante horas.

Encuentro a Vlad cuidando las llamas. Parece que lleva haciéndolo desde el inicio de los tiempos.

"¿Cuánto tarda esto?", pregunto, mirando la capa dorada de grasa en las costillas.

"Siete a nueve horas", responde Vlad, sin apartar la vista del fuego. "Fuego fuerte, calor alto. Si almuerzas al mediodía, la carne está aquí desde antes del amanecer. Si comes a las dos, lleva nueve horas".

El resultado es una carne que se deshace solo con mirarla. Pero el asado no es solo carne. Me acerco a la nueva cava de quesos para conocer a Aurélio. Me presenta el Queijo Serrano, un queso de leche cruda producido en estos campos altos desde hace más de 200 años. "El pasto es totalmente nativo", explica, cortando una porción. "Sin pienso, sin suplementos. Es el sabor de la tierra".

Parador Cambará do Sul - Foto de Parador Cambará do Sul


El resto de la estancia se diluye en una sucesión de placeres táctiles. Paso una hora a caballo con la agencia Galopar, recorriendo los campos sobre un animal que parece conocer el terreno mejor que mi propio barrio. Luego, para cambiar el ritmo, subo a un quad con Coyote Adventure, ascendiendo a uno de los puntos más altos de la estancia para ver el horizonte extenderse sin fin.

Pero el mejor momento llega al final. Es de noche otra vez. El servicio de habitaciones ha dejado un chocolate y el pronóstico del tiempo en mi cama—un pronóstico que promete frío y niebla. Salgo a la terraza de mi capullo una última vez. El jacuzzi burbujea. El cielo es un estallido de estrellas, sin contaminación de luces urbanas. Y vuelve ese silencio. No es vacío; está lleno. Lleno de viento, de agua lejana y de la paz que solo se encuentra cuando estás a kilómetros de todo lo que creías necesitar.