Praia do Rosa: guía práctica de senderos, surf y vida local
Descubre Praia do Rosa en Imbituba: senderos costeros, piscinas naturales, surf y el ambiente relajado del centro del pueblo.
Una escapada realista a Praia do Rosa: senderos, olas y vida local
Una noche en Urucum: el sabor del Rosa
La luz tenue apenas deja leer el menú escrito a mano, pero el aroma intenso de leche de coco y aceite de dendê lo hace irrelevante. "Tienes que probar el bobó de camarón", me recomienda Luiz, su marcado acento argentino envolviendo las palabras en portugués. Apoyado en la mesa rústica de madera en Urucum, seca el vaso de cerveza helada. "Te cambia la vida".
Sonrío, pensando que es la típica frase de camarero. "Ya veremos", le digo. Pero una hora después, mientras raspo el fondo de la olla de barro, compruebo que no exageraba. El plato es una muestra auténtica de la cocina costera brasileña, reconfortante y sabrosa. La cuenta, unos cuarenta y cinco dólares para dos, es una ganga para el mejor bobó que he probado, en un rincón que parece un jardín secreto. Son las ocho de la noche y este rincón tranquilo de Imbituba ya me atrapó.
Amanecer y sendero a Praia Vermelha
Me despierto antes del sol, saliendo de las sábanas frescas en Jerivá Flats. Un alojamiento sencillo y económico, a solo ochocientos metros de la playa, con la calma típica de los pueblos costeros antes de que los surfistas se levanten. El aire es fresco y huele a Atlántico. Vamos hacia la costa norte, buscando el sendero a Praia Vermelha.
El camino está bien marcado, subiendo entre la vegetación. Hay pasarelas de madera en los tramos más irregulares. A la derecha, el océano se extiende en tonos morados que se van tornando dorados.
"¿Madrugaste?", me dice un pescador al pasar, con su balde en la mano curtida.
"Para evitar multitudes", le respondo, dejándolo pasar.
Se ríe. "¿En Vermelha? Solo tendrás que pelear con las gaviotas".
Tenía razón. Al llegar a la cima, la arena rojiza de Praia Vermelha está completamente vacía. Apenas son las ocho. Solo se escucha el romper de las olas y el chillido de dos gaviotas solitarias. Con el viento en el rostro y la costa salvaje ante mí, entiendo por qué esta bahía está entre las más bellas del mundo.

Lagoa do Meio y la huella de Dorvino Rosa
Regresamos hacia Rosa Norte, ya con el sol alto secando el rocío de las hojas. Abajo, la Lagoa do Meio brilla como un espejo, dividiendo la playa en norte y sur.
Cuesta imaginar que antes de los años 70, este paraíso era solo Porto Novo, un enclave de pescadores. Todo cambió con Dorvino Rosa, propietario de los accesos a la playa. En vez de rechazar a los hippies y surfistas, los recibió, permitiéndoles acampar y compartir su tierra. Su hospitalidad fue tal que la playa terminó llevando su nombre.
Hoy ese espíritu bohemio sigue, aunque más pulido. Camino hacia las rocas donde se forman piscinas naturales en marea baja. El agua es de un verde casi fluorescente. Incluso en abril, el sol es fuerte y el agua fría resulta un alivio inmediato al sumergirme.

El Camino del Rey y vistas al Atlántico
Al mediodía, el hambre nos lleva hacia el sur para recorrer el famoso Camino del Rey. Este antiguo sendero bordea los acantilados desde Rosa hasta Barra de Ibiraquera, pasando por Praia do Luz. La caminata dura unos treinta minutos, pero las vistas lo valen.
Desde el mirador principal, el paisaje parece una pintura: la imponente Ilha do Batuta frente a la costa y las dunas de Ribanceira al fondo. El viento sopla fuerte y se oyen los gritos de los surfistas en las olas. Toda esta zona de Imbituba es sagrada para el surf; aquí nacen canciones de reggae y campeones mundiales.
Entre junio y noviembre, los surfistas comparten el mar con visitantes mucho más grandes: la ballena franca austral. Aunque llegué fuera de temporada, la expectativa se siente en el aire.
Terminamos la ruta en Maram Beach Club. El deck de madera da al mar y me dejo caer en una silla, aliviado. Aquí el menú es más caro, pero el pulpo a la brasa y la cerveza local bien fría justifican el gasto. El pulpo está tierno y con un toque cítrico. Mastico despacio, mirando el horizonte y el salitre secándose en la piel.
Atardecer en el centro del pueblo
Al caer la tarde, Praia do Rosa cambia totalmente. El centro, a pocos minutos a pie, cobra vida bajo luces cálidas. Las calles de tierra se transforman en adoquines con tiendas, bares y restaurantes rústicos.
El aire huele a leña, ajo asado y crepes dulces. La música sale de las puertas abiertas: pop brasileño acústico y house. Aquí se concentra la energía de Rosa al anochecer. La gente va de mesa en mesa, bronceada y sonriente, compartiendo historias de olas o playas solitarias.

Quería terminar la noche con ostras frescas en Lua Marinho, pero está cerrado. No importa. La magia de Praia do Rosa no está en cumplir una lista, sino en dejarse llevar por el ritmo del lugar.
Compro una caipirinha sencilla a un vendedor callejero y me apoyo en un muro bajo para observar el ambiente. El pueblo vibra, en contraste con la belleza salvaje de Praia Vermelha a pocos kilómetros. El legado de Dorvino Rosa sigue vivo: en las risas compartidas, en el cabello salado de los surfistas y en la sensación de estar, aunque sea por un día, justo donde uno debe estar.
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