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Sendero Morro da Urca: La Ruta Gratis a Vistas de Río
$10 - $30/día 3-7 días may - oct (Temporada seca) 5 min de lectura

Sendero Morro da Urca: La Ruta Gratis a Vistas de Río

Ahorra en el teleférico y sube gratis por el sendero atlántico al Morro da Urca. Descubre Praia Vermelha, monos y panorámicas de Río.

La brisa salina te recibe primero, una neblina fina del Atlántico que sabe a yodo y a mañana. Praia Vermelha apenas despierta. La arena rojiza brilla con la primera luz, contrastando con los imponentes monolitos de granito que enmarcan la cala tranquila. Ajusto la mochila; el calor húmedo de Río de Janeiro ya se siente en la piel. Son poco más de las seis y las pesadas puertas de hierro de la Pista Cláudio Coutinho acaban de abrirse.

La luz de la mañana ilumina la arena de Praia Vermelha antes de la caminata

El camino pavimentado bordea la costa rocosa, una cinta de concreto entre las olas y la densa selva atlántica. Se percibe el aroma a hojas mojadas, mezclado con el aire marino. Corredores pasan en silencio, el ritmo de sus pasos acompaña el zumbido de las cigarras que ya despiertan en la copa de los árboles.


Camino despacio, dejando atrás el ruido de la ciudad. La mayoría de los turistas que toman el costoso teleférico al Pan de Azúcar nunca ven este lado de la roca. Se pierden la calma profunda, la luz filtrándose entre los árboles de jaca. Llego al letrero de madera que marca el inicio del sendero al Morro da Urca justo cuando un guardaparques retira la cadena. El reloj del móvil marca las nueve en punto.

"Cuidado con el suelo hoy", me dice, con el acento carioca tan característico, señalando mis botas. "Las piedras están sudando".

"¿Siempre está tan resbaloso?", pregunto, secándome el sudor de la frente.

Se ríe, un sonido grave que resuena en la vegetación. "Esto es selva, amigo. Siempre respira. Pisa en las raíces y no dejes que los monos te roben la comida".

La selva atlántica rodea la Pista Cláudio Coutinho

No bromea. Los primeros diez minutos son una subida empinada sobre granito húmedo y tierra roja. Mis botas, con buen agarre, se aferran a las raíces gruesas que cruzan el sendero como escaleras naturales. El aire se vuelve más pesado, sin brisa marina. El olor a repelente se mezcla con el dulzor de fruta madura caída entre las hojas.


A mitad de camino, la vegetación se abre y aparece una ventana natural entre las hojas. Piso un claro de tierra, con los pulmones ardiendo y el sabor salado del esfuerzo. Abajo, la ciudad se extiende en un panorama brumoso. La niebla matinal aún cubre el agua, pero ya se asoman las curvas de la Playa de Urca y el largo arco de Praia do Flamengo.

Un ruido en las ramas me distrae. Un diminuto tití, del tamaño de una ardilla, me observa desde una liana. Se acerca, acostumbrado a los senderistas que ofrecen comida fácil. Mantengo las manos en los bolsillos; alimentarlos solo rompe su instinto natural. Compartimos un momento de curiosidad antes de que desaparezca entre las sombras.


Treinta minutos después de dejar el camino pavimentado, el sendero se nivela y desemboca de golpe en la civilización. El contraste es fuerte pero bienvenido. De la selva húmeda, pasas a las terrazas de madera del Morro da Urca. Aquí el aire es más fresco; la brisa del mar vuelve a sentirse.

En la cima se mezclan idiomas: español, francés, inglés y el portugués local. El tintinear de tazas de café de los quioscos se mezcla con el zumbido de los teleféricos rumbo al Pan de Azúcar. Paso junto a la cápsula del tiempo—una entrada de cinco reales a la historia del lugar—y admiro el teleférico original de 1912, su pintura amarilla desgastada evoca nostalgia frente a los modernos helicópteros que cruzan el cielo llevando turistas sobre la bahía.

El icónico teleférico sobrevuela la bahía de Río

Compro agua con gas fría y me apoyo en la barandilla. Dejo que la vista de Río me envuelva: veleros en la bahía de Botafogo como pétalos blancos sobre el azul oscuro. A la izquierda, el verde del Aterro do Flamengo sigue la costa hasta las pistas del aeropuerto Santos Dumont. Más allá, el puente Río-Niterói se pierde en el horizonte, uniendo la ciudad con Niterói. Distingo las murallas de la Fortaleza de Santa Bárbara vigilando las aguas.


La tarde avanza y la luz cambia, tiñendo las nubes de dorado y violeta. Los guardaparques avisan que el sendero cierra a las cinco. Pienso en mis piernas cansadas y las raíces resbaladizas en la sombra. El puesto de boletos del teleférico llama mi atención. Por cuarenta reales—la mitad si eres local—puedes bajar flotando entre la montaña y el mar.

Pago el ticket y entro al teleférico, rodeado de familias señalando el paisaje. Al separarnos de la estación, Río se despliega en un panorama impresionante. Las piernas duelen, la camisa húmeda por la selva, y las manos aún huelen a tierra mojada. Puedes comprar el acceso a la cima, pero subir a pie hace que la vista sea realmente tuya.